martes, 23 de mayo de 2017

Alma Azul (5)

Nada. No recordaba nada. Allí estaba. Consciente al fin de lo que sucedía a su alrededor. había dejado de ser un títere. Le dolía el costado, se levantó la camiseta. No reconocía aquellas ropas. Estaban algo desgastadas y sucias. Su pelo había crecido. Tenía barba de tres días más o menos. Tenía la sensación de que había pasado mucho más tiempo que eso desde ese momento en el que había tomado aquella pastilla. Entonces, se sobresaltó. ¿Enid? ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaban?

Estaba en lo que parecía una cama pequeña pero confortable. Madera. La mayoría de las cosas eran de madera. Algo extraño ya que en su generación la madera era un objeto de extremo valor, hasta las imitaciones costaban una fortuna. El metal y la tecnología habían invadido el mundo. Un mundo dividido en tres. Los que controlaban el mundo desde sus lujosas mansiones en la ciudad flotante, los complejos militares donde entrenaban a los del programa y los habitantes, la plebe que vivía su vida sin conciencia trabajando y siguiendo mansamente las directrices y caprichos de sus gobernantes. Ni rastro reconocible de Enid. La habitación estaba limpia y había ropa limpia y una toalla junto a la cama de donde había reaccionado. ¿Cuanto tiempo había estado bajo el influjo de las pastillas?

Cogió las pertenencias de aseo, buscó el aseo. Mármol, madera, piedra esculpida y ducha moderna y sencilla que no escatimaba en agua. Se duchó. Había lo necesario, nada más. Al ducharse reconoció heridas nuevas, rasponazos, arañazos, moratones, algunas recientes, otras no. Había un enorme moratón en su costado. Nada grave. Fue hasta el espejo y se miró. Se afeitó, se cortó el cabello que le había crecido unos centímetros y se peinó como siempre. Al parecer llevaba tiempo con ese otro peinado. Después se vistió con la ropa nueva. Dejó en un cesto al lado de la lavadora en la cocina, impecable y preparada como el baño y el cuarto, la ropa sucia. Había comida hecha. Onigiris con tortilla francesa, una botella del refresco que habían compartido aquel día en la playa. Había preparado para él. Se sentó comió e inspeccionó en silencio y reflexivo cuanto podía haber pasado.

Enid. ¿Dónde estaba? De repente en una esquina junto a lo que parecía la entrada, había una bolsa de deportes verde militar, del programa, vieja. Pero tenía un logotipo cosido. Era de su hermano. ¿Qué hacía allí? Fue inmediatamente a cogerlo. Lo puso sobre la mesa con cuidado y abrió la cremallera. Allí había objetos que no comprendía o no reconocía. Ropa de recambio nueva a su medida, un sencillo estuche de aseo para viaje, una documentación de identificación falsa. Unas lentillas. Tinte para el pelo. Unas chapas militares con nombres que no reconocía, salvo la de Enid y la de su hermano. Brais. Enseguida empezó a llorar en silencio. Sin saber porque. Palpó con gran cariño el colgante con su nombre y se lo puso. Encontró la libreta de Enid entre las cosas. Aquella libreta que había llevado siempre consigo pero que nunca había usado para apuntar. Pero eso no había sucedido en las sesiones. ¿Cuándo? A aquellas alturas, la humanidad había destituido el papel y los componentes naturales como uso cotidiano. Aquel "papel" o el papel que se usaba estaba hecho de una piedra especial, molidas y reconstruidas hasta le punto de formar unas laminas que imitaban al antiguo papel.

Le era tan familiar. Lo cogió y empezó a leerla. La primera entrada estaba fechada a una fecha en la que ni siquiera él había entrado en la academia.

***

-¿Ghost, dónde estás? - Llevaba haciéndose esa pregunta durante cuatro horas.

Haley tamborileaba con los dedos en la superficie pringosa de la mesa del café de comida rápida donde estaba sentada. Sus pies, le seguían en el ritmo. Su respiración al igual que los latidos de su corazón se agitaban asustados. ¿Dónde estaba Ghost? Se suponía que habían quedado para almorzar. Se suponía que tenía algo importante que decirle. Allí estaba sola. Esperando. Esperando. Esperando a que algo, cualquier cosa, pudiese revelarle donde se encontraba.

-Ghost. Maldita sea. No tiene gracia- Insegura empezó a percibir como su ansiedad y miedo, se manifestaban en pequeñas lágrimas, que enseguida trató de esconder, bajo la superficie de la árida servilleta de papel, dejando vacío en dispensador.

De repente una llamada, un rayo de esperanza. Lo cogió enseguida.  A punto estuvo de caer sobre el vaso de café ya vacío y reseco. A punto de colgar y a punto de romperse el móvil, al caerse de nuevo. Al fin pudo pulsar y contestar.

-¿Diga?

***

¿Quién era Haley? ¿Quién era Ghost?


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