viernes, 20 de abril de 2018

Donde moran los extraños (12)

Alda no se iba a dejar amedrentar por la diosa, había pasado diez años de su vida junto a Elvia, y había recibido cada día como un regalo, cada hora, cada minuto y segundo de su vida se las debía a Elvia, y por ello había jurado para sí misma protegerla y mimarla como se merecía.

No dejaría que su madre, la hurtase de su vida de aquella forma tan trágica. Si debía morir estaba dispuesta, pero al menos, solo, si era por el bien de Elvia, si así Elvia lo deseaba.

Recorrió el camino en mitad de la oscuridad sin miedo, a pesar de que percibía a la diosa en aquellas tierras, en el viento y en cada ser que la vigilaba con ojos cautelosos.

Al llegar al lago, Eriade se transformó en un ser humanoide y tangible. Alda no se fue hacia atrás. No la temía.

-Madre, Madre Eriade, sé que mi presencia no es bien recibida, pero deseo hablarte. Mi corazón ha estado muerto durante años, y solo Elvia ha sido capaz de hacerlo latir, si he sentido amor por alguien, ha sido por ella. Le debo mucho. No me importa morir, si ha llegado mi hora. Pero, al menos, no se la lleve, deje que nos despidamos, deje que me acompañe a mi nuevo hogar y cumplir con el mandato de mi familia. Luego puedo marchitarme. Pero es necesario, para evitar una guerra, que no solo traerá problemas a su tierra, que me case con ese hombre. Lo sabe, lo ha visto en mí.

Eriade no dijo nada, pero el árbol se abrió y Elvia salió de él. Alda la abrazó con todas sus fuerzas mientras los ojos de Elvia se abrían.
-Alda...-balbuceó confusa.
-Gracias. Gracias dama Eriade.
-Si ella no regresa después de tu casamiento, os mataré a todos y me llevaré a mi hija.
-¿Qué? ¡No! Alda no puede morir, tengo una deuda con ella...
-Elvia, como madre tuya me niego a que des tu vida a nadie. Ya te alejaron de mi una vez, no volveré a perderte de nuevo. Si no vuelves, tus amigos, o compañeros, morirán.

Eriade desapareció. Evia y Alda regresaron al hostal.

Allí, Sedrik y Arlen las abrazaron a ambas. Arlen incluso se atrevió a besarla delante de unos atónitos Alda, Sedrik y la propia Elvia que le dio un bofetón por su osadía. Pero Arlen empezó a reirse mientras se frotaba la mejilla dolorida.

-Me alegro de tenerte con nosotros. Gracias dama Alda.