martes, 12 de septiembre de 2017

Historias de Terion: Breer la Leal (19)

Breer podía percibir al guardia humano, el olor a metal y tela, el olor a sudor y otras emanaciones que venían de él. Mientras entraba en su celda, trató de no moverse ni un ápice y fingir que dormía.

-Es la hora de que te saquemos información. Eh, bicho despierta.- Percibió que iba a darle una patada. Reaccionó a una velocidad propia de su especie y de un mordisco, la pierna del guardia fue seccionada. No prestó la menor atención al sonido desgarrador que salió de él, ni el olor o sabor a sangre y carne que quedó adherida a su boca. Simplemente, le quitó la llave, abrió salió y cerró.

Antes de que nadie más se diese cuenta, ella estaba atacando y matando guardias por toda la cárcel mientras era ayudada por otros presos que fue liberando con aquella llave. El motín se propagó como una plaga y en cuestión de minutos todo era caos, sangre, aullidos de dolor y lucha.

Breer solo se centraba en encontrar a Duwln, a sus compañeros o encontrar la salida. Al no percibir el mínimo rastro de ellos, optó por encontrar la salida.

Mientras dejaba el motín atrás, su pequeño cuerpo se escabulló por la puerta de entrada, esquivando flechas y ataques de los guardias, llegó al camino y de allí a lo que primero vio familiar. El bosque.

Dejó atrás los aullidos, los olores, las peleas, la violencia y se internó en lo que para ella era paz, armonía y tranquilidad. Se sintió segura rodeada de los grandes y frondosos árboles y plantas de Auvernia y pudo sentir, que aunque lejos, estaba en casa. Para ella, todo el bosque era uno solo. El hogar tenía alma, era un solo ser. Del bosque siempre había percibido esa energía que los protegía del mundo exterior. Buscó un refugio. Agua y frutos. Se limpió concienzudamente, se comió los frutos, bebió agua y se tumbó en su refugió, un rincón apacible y confortable entre las raíces de un viejo árbol. Al cerrar los ojos y respirar profundamente para retener el aroma del bosque, se sintió nostálgica y arropada. Echaba de menos a su familia. A su comunidad. La pena más absoluta la embargó y sollozó hasta quedarse dormida.

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