martes, 11 de julio de 2017

Crónicas de Terion: Breer la leal (4)

Breer despertó con el suave olor a comida rondando por la nariz. Parecía estofado de alguna carne. Se desperezó y abrió los ojos. Gareg estaba tumbado en la cama, solo con los pantalones. Descalzo y sin camisa. Se fijó en los músculos de Gareg. Con razón era capaz de levantar aquella espada. Estaba comiendo tranquilamente en plena oscuridad, mirando a la nada. Su cuerpo empezó a emitir el polvo que le daba aquella luminosidad. Voló hasta él y se posó delicadamente en la cama. Gareg tenía una expresión de nostalgia y tristeza que no supo a qué atribuir. Ella tomó su plato junto a la mesita de noche y se lo tragó todo de un bocado.
-No querría ser yo tu comida- Murmuró cambiando su tono triste a un tono más alegre. Breer emitió con las alas en su idioma del viento una respuesta simpática. Gareg no contestó por lo que dedujo que no entendía.
-Significa que yo no como amigos- murmuró Breer contenta.
-¿Oh, el aleteo? Interesante, había oído algo del idioma del viento. No sabía que se producía por vuestro aleteo.
-O con silbidos. Si quieres puedo enseñarte - Gareg le dirigió una tierna sonrisa complacido.
-Es un placer aprender de un hada vuestro valioso idioma- Breer se carcajeó imitando a Gareg sin subir demasiado el tono.
-Mejor así. No me reventarás los oídos. Voy a dormir- dejó con cuidado su ración ya terminada en la mesita y se tumbó. Gareg olía a un perfume o un olor extraño.
-Hueles limpio- Le dijo comunicándose simultáneamente con las alas para que empezase a aprender.
-Claro. Me he dado un baño- aclaró sin ningún problema.
-A mi también me gusta bañarme. Sobre todo para pescar y comer- Gareg siempre sonreía con las ocurrencias de Breer. No se mofaba de ella, le parecía simpática e interesante.

Después de las horas de sueño, ambos se pusieron en camino de nuevo. A pie. Solos. El día empezó a nublarse y comenzó a llover. Breer revoloteaba de aquí para allá cantando en su idioma, feliz. Extrañamente feliz. A veces, recordaba aquel fatídico día y pensaba sino era egoísta por estar divirtiéndose tanto en compañía de un humano en vez de estar en otra comunidad o haber muerto junto con sus compañeras. Por otra parte, Gareg también daba a entender, con sus gestos, sus ensimismamientos, que no había llevado una vida fácil. Aún así, cada vez que hablaban o se entendían su alegría regresaba.
-Breer, dices que tu comunidad fue masacrada. ¿Es común? Sois muy territoriales por lo que sé.
-No. Bueno, pasa, cuando pasa, hadas se van a otras comunidades o mueren.
-Tú no has muerto-Le aclaró Gareg.
-Lo sé- se lamentó Breer avergonzada.
-No digo que sea malo. Creo que estás haciendo algo increíble- la alabó Gareg sorprendido.
-¿Sí?-dudó Breer sin saber muy bien cómo interpretar sus palabras.
-Sí- de repente Gareg estornudó. La temperatura había empezado a descender, no había rastro del sol y llovía con fuerza.
-¿Gareg está enfermo?- Gareg se ajustó la capa y empezó a ir más deprisa.

Llegaron a un pequeño merendero donde pudieron refugiarse en una caseta. Allí, Gareg se sentó y comenzó a temblar. Breer se sacudió el agua como una mascota.
-Es posible que no me haya alimentado bien, me estoy haciendo viejo- Breer revoloteó por el lugar buscando plantas medicinales y fue coleccionándolas. Luego las masticó e hizo una pasta con ellas. Se la sacó de la boca y le dio a comer. Gareg hizo un gesto indicando que no. Volvió a estornudar y a temblar. Breer colocó la mano en su frente. Ardía de fiebre. Con destreza y fuerza sorprendentes, Breer forzó a Gareg a comerse la pasta medicinal. Luego él, sacó agua de su macuto y bebió un largo trago.
-Gareg está solo, sin comunidad es difícil sobrevivir. Los humanos también viven en comunidad. ¿La tuya fue destruida?- Gareg tardó en contestar.
-Mi comunidad está bien. Hace mucho tiempo que me fui. Quería conocer mundo. Al final, mi orgullo y mi ingenuidad me llevaron a hacer cosas horribles. Cuando me di cuenta de lo que había hecho, me entregué, me condenaron, me escapé, me capturaron y me convirtieron en esclavo. Serví, amé, lo perdí todo y me vengué. Huí y nunca me detuve. Vaya, me ha costado resumir mi vida muy poco- Breer apreció una tristeza infinita en sus palabras.
-Yo también estoy sola-respondió Breer con tristeza.
-Ya no- le contradijo el hombre.
-Ya no. Tengo a Gareg. Un rato- Gareg negó.
-Espero que sea más de un rato. Te acompañaré al consejo de Auvernia si me acompañas primero a la capital. Hay un asunto que tengo arreglar.
-Capital-pronunció con duda Breer.
-La capital del reino de Solis. La ciudad más grande de la comunidad humana.
-Oh, vale. La comunidad más grande se rige por la reina de las hadas. La reina de las reinas- Exclamó con orgullo Breer deseando conocerla.
-He oído hablar de ella. Dicen que es como una diosa para vuestra especie.
-Sí. - Breer le quitó la capa mojada, comprobó si la camisa estaba seca, sacó del macuto la manta y se la colocó sobre los hombros. Buscó madera seca, encendió una pequeña hoguera y fue a cazar. Trajo fruta y pescado. Se lo preparó y se lo dio de comer. Gareg realmente parecía agotado.
-Humano débil y orgulloso. Haber dicho que estás enfermo- comprobó preocupada su estado. Antes de alejarse para rellenar el pellejo de agua, Gareg estornudó, carraspeó y susurró.
-Cierto, así no me habrías comido cuando me conociste- Breer imitó la risa de Gareg.
-También.

Breer cuidó de Gareg mientras amainaba la tormenta. El hombre realmente parecía agotado de lo que parecía había sido un largo viaje. Si la historia que le había contado era cierta, pensó que la vida de los humanos era complicada y compleja. En las comunidades si alguien hacia algo malo se le castigaba o se le expulsaba pero nunca se esclavizaba a nadie. Tenía mucha curiosidad sobre su vida.
Quería aprender todo lo que pudiese de aquel mundo que no conocía. Curiosamente, pensó mientras Gareg dormía, que Gareg era una agradable mascota con la que conversar aunque fuese en aquella forma incómoda y cansina.

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