lunes, 27 de febrero de 2017

Delirante oscuridad ( 13)

El baile, Eirene entendía perfectamente aquel ambiente. Desde su humilde posición, había servido en muchos bailes. Desde que tenía uso de razón, todos sus amos o amas, habían dispuesto de ella para servir comida, preparar la decoración, recoger abrigos, limpiar... ya fuese en días rutinarios o en aquellas pomposas  fiestas.

La única diferencia de aquella fiesta a las demás era que, en principio, no se abusaba del lujo ni la luminosidad. No era pomposa, era elegante, sencilla, discreta. Las personas que aparecían en sus carruajes eran completamente desconocidas para ella. Cierto era que con su último amo, había cambiado de región. Se encontraba lejos de casa. Pero las familias poderosas de un país, eran conocidas por todos. Ella no conocía a nadie. Absorbió con curiosidad a todo aquel que entraba mientras recogía los abrigos y anunciaba a los recién llegados. Desde su posición, pudo advertir, que a pesar de que Mura y Howen eran unos anfitriones bien considerados, Bet, que servía bebidas y comida junto a dos ayudantes temporales que habían contratado para aquella noche, estaba de mal humor. Si a Bet le encantaban aquellas fiestas. ¿Qué o quién la estaba molestando?

Cuando todos los presentes estaban en el interior, observó como se sentaban en el comedor y comprobaba con estupor que todo ya había sido servido. ¿Cómo era capaz Bet de realizar semejante proeza? Cuando hizo un discreto amago de acercarse, Bet clavó sus ojos en ella desde la distancia y la mandó a la cocina con un breve gesto. Ella, se despidió en silencio del lujo, de los invitados intrigantes y desapareció sin ser vista.

En la cocina, estaba Bermas. Bebiendo. Se sentó y comenzó a cenar sin dirigirle la palabra.
Bermas, al verla, se sentó enfrente.
-No deberías estar aquí. -No se atrevió a mirarlo. Se centró en cenar. En su plato. Esperaba que la sopa fuese capaz de hacerla entrar en calor.
-Quería ayudar. - Se limitó a responder desganada.
-Bet siempre lo tiene todo controlado. -Le aseguró Bermas mientras daba otro trago.
-Sinceramente, llevar una fiesta así, con esa multitud, con esa complejidad de preparación. La fiesta aparenta ser simple, íntima. Si te fijas en los detalles, entre lo que yo he hecho y he visto a otros hacer, es imposible.
-Bet tiene, una energía... inusual. Además, yo también he estado ayudando.
-¿Tú, vago?- Bet lo repetía tan seguidamente, que de repente se le había escapado. Al darse cuenta de lo que había dicho, se sonrojó avergonzada.

Bermas sonrió, le acarició la mejilla despacio tratando de hacerla ver que no estaba enfadado.
-Vaya, Bet te lo está pegando. No me importa que los amos o Bet me consideren un vago, pero tú...- parecía triste. Ella por fin se atrevió a mirarlo. Sus miradas chocaron. Eirene nunca había sentido nada como aquello. Una punzada extraña, una conexión inmediata.

Se levantó. Al instante, un parpadeo, Eirene estaba en su cuarto, sobre su cama con él encima cerrándole cualquier vía de escapatoria. Eirene se asustó. La magia se había roto.
-¿Qué?
-Que no seas capaz de verme trabajar, no significa que no lo haga. Mi velocidad supera a los chupasangres. Soy su siervo por voluntad propia. Podría haberme ido hace tiempo. De echo, me habría ido de no ser porque... porque de repente llegaste tú. - Eirene trató de liberarse, al momento le vino el recuerdo de su anterior amo tratando de someterla, de cómo se había defendido hasta lograr que no la tocase, pero que le costó su encierro durante días incontables.

Había sufrido malos tratos toda su vida y estaba empezando a cansarse de ser un trapo de usar y tirar. Empezó a pelearse con él, a pesar de que él apenas notaba sus golpes y sus intentos de fuga.
-No voy a hacerte nada Eirene. Relájate. Necesito que aprendas a confiar en mí. - Eirene paró en el acto.

Bermas le hizo un gesto de silencio. La soltó. Fue hasta la puerta de su habitación y la abrió un poco.
-Parece que ya ha dejado de buscarte.
-¿Quién?
-No lo sé. Mientras estábamos en la cocina, he oído pasos. Un olor, raro. Todo el mundo debería estar en la fiesta. Nadie debería estar husmeando por la casa. No sé, si dejarte aquí y hacer mi trabajo, o dejar que Bet o Mura, se encarguen. -Cerró la puerta y volvió hacia ella indeciso.
-Bet no podría...- En ese momento recordó que Bet había estado de mal humor.
-Bet puede. Es la única que ha estado tantos años aguantando al viejo. Howen, es un niño manejable para ella. ¿No has notado que Bet es diferente? - Eirene no entendía.
-Ella es también...- No sabía si atreverse a afirmarlo o callar.
-No sabría decirte qué, es. Solo se decirte, que ella es la única en esta casa a la que respeto de verdad. Bueno... y a ti. A ella por miedo. A ti... por...- Sus palabras se perdieron en susurros ininteligibles.

Eirene se levantó.
-Yo, no entiendo este mundo. Me he pasado toda la vida siendo esclava de otros. No sé como funciona el mundo. Bueno, sé como funciona para los que son como nosotros.
-Tú no eres una esclava. Ya no.
-No importa lo que yo me considere. Es el mundo quien te ve como un trapo para usar y tirar. Algo con lo que mercadear, usar, quitar de en medio. - Su tristeza conmovió a Bermas.
-Me quedaré aquí contigo.
-No puedes pasar la noche en mi cuarto. No puedes vaguear. Ni yo tampoco.- Se escandalizó de repente Eirene tratando de recuperar la compostura.

De repente la puerta de su cuarto reventó. Bermas se puso delante para recibir el impacto y proteger a Eirene. Era un hombre, alto, rubio, sus ojos tenían un color dorado jaspeado.  Ella enseguida se dio cuenta de quien era. Era su antiguo amo. Eirene se paralizó en el acto.
-Te has escondido bien pero ya es hora de que vuelvas a donde te corresponde.- Su voz era grave, ella no recordaba que aquel hombre no fuese humano. Si bien era cierto, que había sido recien adquirida y que carecía de información sobre su persona, siempre había creído que era humano. Un ser malvado, vil y cruel con mucho poder. Pero humano. En aquella región, parecía que los humanos brillasen por su ausencia.
-Entiendo...- Susurró Bermas enseguida sacando lo dientes.
-Tú no entiendes nada chucho, tengo una camada como la tuya en casa que valen su peso en oro. Entrégame mi posesión y no destruiré esta preciosa casa ni a los que moran en ella. - Bermas estaba apunto de perder los papeles.

Entonces, se escuchó un chasquido. Estaban en el salón. Los invitados se habían ido. Aún quedaban enseres por recoger y limpiar. Mura estaba allí, junto a ella. Howen adelantado a ambas, Bermás a su lado, como un perro guardián, y Bet, frente a su antiguo amo.
-Quien amenaza mi casa, primero debería tener los modales de presentarse. - Susurró Bet con un tono sobrenatural. El hombre no parecía asustado. Le hizo una pequeña reverencia de respeto y después simuló una simpática sonrisa.
-Vaya, si es la mismísima Bethnasriel Valaldisra. Magestad, os sienta mal el mundo humano. ¿Por qué no volvéis a Breena? La corona os sentaba tan bien...vuestra madre estará tan preocupada...- La falsedad de su tono era tal que Mura y Howen se pusieron sobre aviso.
-Este es mi territorio. Largo. Aunque, debo admitir, que a tí tampoco te sienta bien estar aquí.- Bet no parecía asustada. Ira tal vez. ¿Qué era Bet?
-Pero según el código...- Empezó a hablar el hombre sin obedecer.
-No estamos en Breena. - Bufó Bet enfadada.
-En este mundo las cosas poseen sus normas. Si yo compro algo, me pertenece. Yo la compré. Ella es mía hasta que decida venderla, o hasta su muerte. Como a mi me plazca. - Eirene tembló de miedo al recordar el dolor que le había infringido aquel hombre, aquel ser, desde que había entrado a servir en su casa. Bet y su antiguo amo se miraron a los ojos largamente. Después, en unos segundos, no estaba. Mura y Howen se acercaron a Bet como dos niños asustados pidiendo consuelo.

Bet los abrazó y los acarició a ambos. Eirene la observó detenidamente, le seguía pareciendo la misma mujer afable, mayor y normal de siempre.
-Bermas, chico malo. Gracias por no ser un vago y llevarte a Eirene. Pero la próxima vez avisa. He tenido que echar a todos los invitados y desmemoriarlos.
-Ha sido culpa tuya por ponerte como una fiera a bramar cosas raras. - Le dijo Howen asustado. Mura se dejó caer, agotada. Eirene fue hacia ella para tratar de ayudarla.
-Mura... señorita... Déjeme ayudarla a... - Mura se dejó ayudar por Eirene con una extraña sonrisa complaciente en el rostro.
-¿Quien es ese?
-Bueno, por lo que sé ahora, es el antiguo dueño de Eirene, por lo que yo sé, es un ser feérico que como yo vino al mundo humano a ... en fin. Vino.
-Hay dos mundos?
-Los vampiros, hombres lobo y alguna que otra criatura son creaciones de los seres feéricos en el mundo humano. Hay mucha historia tras eso. El mundo feérico va mucho más despacio que este. Si vieran todo lo que ha transcurrido en el mundo humano desde la última apertura... Mi madre estaría furiosa. - Se dijo Bet casi para sí misma.
-¿Que es un ser feérico?- Preguntó Eirene aún despistada.
-Un hada. Aquí al menos los llamamos así. Bermas, haz una ronda de vigilancia.- Le indicó Howen tratando de recuperar su pose de amo de la casa. Bermas se marchó a regañadientes. Eirene ayudó a Mura a ir a su cama acompañada de Howen y Bet. Después, Howen se acostó. Cuando se reunieron en la cocina con Bermas y terminaron de recoger lo poco que quedaba, Eirene pidió disculpas.
-Yo no sabía que mi amo... siento todos los problemas que os he causado.- Bermas gruñó y empezó a beber de su petaca.
-Creo que deberías dejarlo Bermas, vamos a necesitar tu fuerza. -Bermas dejo de beber en el acto.
-Si así lo quieres... - Tiró la petaca sin titubear. Bet se puso seria.
-Eirene, lamento decirte, que tu solo eres un trozo de trapo para él, pero cuando dos niños quieren ese trozo de tela roto, puede provocar una disputa muy por encima de la disputa por el objeto en sí. No te lo tomes a mal. Es así como lo vemos nosotros. Yo, claro, que no te veo así. Me pareces encantadora. Un poco rota, pero te puedo arreglar con el tiempo. - Susurró tratando de se amable. Eirene se rió y asintió. Se había sentido así toda su vida.
-¿Qué puede hacer este pedazo de tela rota para que el niño al que quiere gane la pelea?- Preguntó con toda la convicción del mundo. Bet sonrió malévola.  Era evidente que ya había pensando en ello.





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