sábado, 26 de noviembre de 2016

Delirante oscuridad (7)

Los días empezaron a transcurrir con tranquilidad sumergiéndose en una rutina entrañable. Algunos dirían que podía ser la paz que precede a la tormenta. Sin embargo, Eirene, se sentía tan aceptada e integrada con Bet y la señora Mura, que realmente confiaba en que las cosas fuesen así eternamente.
Por las mañanas se preparaba, desayunaba junto a Bet y se encargaban de las tareas de la mansión, que no eran pocas. Eirene trabajaba y se esforzaba por hacer las cosas bien. Aunque Bet siempre sacaba algún momento para hacer alguna actividad tranquila y relajada. Bien marchando al pueblo a comprar, en el jardín a cuidarlo con parsimonia, tejer o remendar despacio y sin cansar la vista o los dedos, charlando, cocinando o haciendo cosas sin prisa alguna. Eirene se sentía tan agradecida que no esperaba que un mes después, encima, la señora le entregase su primer salario por sus servicios. Eirene guardó el dinero debajo de la cama. Tampoco tenía mucha intención de usarlo. Todas sus necesidades básicas estaban cubiertas y se sentía aceptada. Era mucho más de lo que había tenido en toda su vida.

El tercer piso continuaba siendo un misterio y el conserje Kendal Bermas, era otro misterio en persona. No quería acercarse a ninguno de ellos. Ni siquiera al amo, en el pueblo había oído historias terribles pero todas disparatas y absurdas. La única que le pareció digna de ser tenida en cuenta era que ningún intruso que hubiese entrado sin ser invitado, no había sido visto de nuevo.

Bermas trataba de acercarse a ella, quizá para volver a disculparse o para trabar alguna amistad con ella, por suerte o desgracia Bet y Mura siempre se ponían en medio. Sin embargo, un día, un repentino ataque de dolor de lumbago Bet hizo que se quedase en cama reposando. Eirene continuó sola haciendo las tareas.

Al terminar, fue al jardín a cuidar de las flores y las plantas. Acabó por sentarse, perder el tiempo. Poder perder el tiempo. Que lujo. Era tan feliz. Libre, en el exterior. Había pasado su vida encerrada en celdas, en carretas, de amo en amo, como una esclava.  Aunque aquí tenía un amo y una señora a la que servir, y tener que ser una trabajadora más, aquello era mejor que cualquier cosa que había tenido. Era feliz y agradecida.
-¿Como te hicieron esas marcas en las espalda? -Eirene dio un brinco. No por el frío del atardecer, sino por la inminente aparición de Bermas.
-Señor Bermas, tengo cosas que hacer.- Se levantó dispuesta a irse. Él no se lo permitió.
-No te vayas. Déjame hablar contigo. -Ella se negó y forcejeó.
-No voy a hacerte daño.
-No se como sabe lo de mis marcas en la espalda...ni quiero saberlo... suélteme.  -Bermas tenía mucha fuerza, la sujetó y la abrazó para que no pudiese irse. Eirene siguió moviéndose, pero una vez cansada, se rindió y miró hacia otro lado.
-Mírame...- Ella volvió a negarse.
-Al menos, llámame Kendal. -Le suplicó él.
-Señor Bermas. -Insistió ella con cabezonería.
-No soy un señor, Eirene. No soy nadie. Solo un conserje borracho.- Eirene, se dio cuenta en el acto de que mentía. Recordaba haberlo visto beber, pero no apestaba ni olía a nada. Solo al olor del campo.
-Pues...no apesta a alcohol. -Le susurró de repente extrañada. Bermas la soltó y bebió de su petaca. Lo sacudió y se lo mostró. Eirene empezó a cuestionarse si Bermas era realmente quien decía ser.
-He sido una esclava toda mi vida, desde que nací. Esas marcas son castigos por escaparme o desobedecer. Créame, yo he sido bastante sumisa siempre, tendría que ver como acaban otros muchos. -La expresión en el rostro de Bermas fue de sorpresa y horror. Después de ira.

Volvió a acercarse a ella. Se guardó la petaca y le cogió con las manos el rostro para poder mirarla a los ojos.
-¿Quieres que los mate?- Fue todo lo que dijo. Eirene no entendía nada.
-¿Quien? - Aprovechó para intentar saber que bebía Bermas. No olía a nada. Era raro. Cuando ella servía a sus amos, sabía que bebían. Sabía de todos los alcoholes. Bermas no era un borracho.  No de alcohol.
-¿Quieres que mate a esos cerdos? -Volvió a insistir.
-No...
-¿No? O no me cree capaz. - Eirene intentó soltarse.
-¡¡¡BERMAS!!!-Era la voz de la señora. Bermas no la soltó. La oscuridad cayó. De repente sintió un fuerte viento cayó y Bermas ya no estaba.

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