lunes, 14 de noviembre de 2016

Delirante Oscuridad (4)

Bet condujo a Eirene hasta el exterior de la casa. El jardín, el entorno paradisíaco y natural que rodeaba a la propiedad era preciosa, tranquila y risueña. El sol apretaba con cierta fuerza, pero la brisa fresca que llegó hasta Eirene le indicó que el clima era propio de la primavera. Intentó recordar el tiempo que había estado cautiva, pero era incapaz de recordar cuanto. El paso de los días se había hecho monótono y no se había molestado en contarlos.

Bet andaba rápida y con una energía admirables que incluso a Eirene le costó seguir. Aunque claro, ella había pasado mucho tiempo metida en una celda, había sufrido una persecución terrible que casi había acabado con su vida y ahora se sentía realmente cansada después de todas las emociones vividas.

Fuera de la verja de entrada, vio un carro grande del que dos caballos negros como la propia noche, tiraban ajenos a las manos que les estaban colocando los arneses. Se fijo en el hombre que trataba a los animales con un cuidado exquisito. Era muy atractivo, de mediana edad, porte regio y atlético.
Su color de piel era morena, castigada por el sol. Era un hombre que parecía aletargado y muy tranquilo. Sus ropas estaban arrugadas, una camisa de algodón, unos pantalones de tela negra y un cinturón con una daga en el vaina. Unas botas de montar y un pañuelo de seda enroscado al cuello.

Bet empezó a gritarle nada más llegar a su encuentro.
-Holgazán mueve el culo. La señora nos manda ir al pueblo.
-Bien, tengo que ir a buscar a las otras pesadas. Pero pídelo por favor. -A Eirene le dio la ligera sensación de que coqueteaba, incluso cuando hablaba de las otras doncellas, se daba cuenta de que hablaba de ellas con cercanía y respeto. Cariño quizá. Su voz era tranquila, serena, grave, como un ronroneo constante. Ella se quedó a un lado, fuera de su vista, tras Bet. Intimidada por su presencia. Sacó una botella y bebió. Bet se la arrebató y se la rompió en la cabeza. El hombre ni se inmuto, ni perdió la sonrisa pícara y su porte relajado. Le ofreció la mano y la ayudó a subir.
-Bet. Eres demasiado mayor para andar rompiendo botellas, te puedes cortar. -Bet le gritó de nuevo palabras que Eirene no entendía, pero que le pareció que bien podían ser insultos. Luego, Bet la llamó y le apremió para que subiese. El hombre entonces, posó sus ojos en ella. Sus ojos ambarinos eran tan hipnóticos que Eirene bajó la cabeza avergonzada.
-¿Doncella nueva? -Le tendió la mano y Eirene subió con cuidado. Sus manos despedían un calor agradable e inhumano.
-Date prisa holgazán. -El hombre subió de un ágil salto y cogió las riendas. Eirene se quedó atrapada entre Bet y el hombre. Se sintió muy muy agobiada. No estaba acostumbrada a tanto tacto humano.

Bet continuó insultándolo, reprochandole un montón de tareas sin fin que no había hecho, entre ellas vigilar la entrada donde la habían encontrado. Mientras el mundo parecía ir tranquilo y pausado. Eirene se encogió de frío en parte y de inseguridad. Hacía mucho que no estaba tan al descubierto. Entonces, sintió una manta sobre sus hombros.
-IMBÉCIL, No sueltes las riendas. Ah, tú quieres matarnos...-Bet continuó hablando y hablando sobre las tareas pendientes e insultándolo.
-La chica tiene frío. -Se excusó.
-La chica, tiene nombre tarugo. Se llama Eirene.- Eirene cogió la manta y trató de sentirse a gusto.
-Gracias.-Susurró Eirene mientras los otros dos discutían. El hombre no paraba de reírse mientras Bet le insultaba.

Poco después, el pueblo comenzó a asomarse, abajo en un claro valle entre las montañas que rodeaban el paisaje. Era un lugar precioso. Eirene no lo recordaba, no sabía donde estaba.
-No te preocupes. Este bobo nos protegerá. Sino el amo le hará cosas que ni puedas imaginar.- Eirene perdió la sonrisa al recordar las torturas que a ella le habían infringido por tanto tiempo. Tembló.
-Deja de asustar a la chica Bet. - Susurró el hombre tan tranquilo. Los caballos empezaron a trotar. El sol parecía empezar a ocultarse.

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