sábado, 30 de julio de 2016

La decisión de Maeve (6)

Siempre que me pongo a proteger a la reina por las noches, aparece ese arcano de Padre. Se limita a observarme mientras me envía a sus secuaces. Sabe que no estoy a su altura. Por algún motivo, le gusta ponerme a prueba. No todos de Padre son impulsivos y homicidas. Algunos dicen, les gusta jugar con sus victimas y entrenarlas para hacerlas dignas de ellos para luego acabarlos. Ese será su error. Me haré la sacerdotisa más fuerte de Madre y le mataré. Cuando el bosque queda limpio de criaturas de Padre, gracias a mi barrera protectora, él se limita a alzar sus preciosas alas y a regresar, supongo, al submundo, ahora que amanece. Tengo unas horas para descansar antes de empezar mi rutina. Menos mal que mi compañera Eridian me cubre las espaldas y me deja que me eche sueñecitos por ahí. Sino sería incapaz de hacer mis labores extras de  noche.

Tanto ella como yo buscamos información de los arcanos pero nada nos dice como vencerlos. Aún no hemos informado a la reina, no debemos. Eridian sabe que podemos pedir refuerzos para confortarlo. Confío en ella, de los dos años que recuerdo, ella jamás me ha fallado.

En uno de esos momentos de búsqueda, la reina se pone de parto. De forma súbita e inesperada. Eridian, las matronas y yo la asistimos en el más absoluto y riguroso cuidado. Horas, horas, horas...

Otro de tantos lapsus. Me despierto en mi cama. Estoy acostumbrada. Al vacío al no saber. Sola. A oscuras. En mi habitación. Mi única duda es si la reina y su hijo están bien. Intento levantarme. En vano. Mis fuerzas me fallan.

Lo primero que me estimula es la agradable brisa que entra en mi habitación. Miro en esa dirección. En la ventana, hay una figura, inmóvil sobre sus pies, de cuclillas en el alfeizar. Sus alas se repliegan. Escucho su respiración agitada, como si acabase de llegar. Intento levantarme y cojo el saquito que dejo siempre en mi mesita. Abro el saco, saco el polvo y lo arrojo. El viento que se cuela por las aberturas que deja la silueta sopla en mi contra y el polvo acaba en mi cara. Por suerte, solo me ensucia el rostro, me ciega. Empiezo a estornudar y se me mete en la boca también. Empiezo a toser y a tratar de quitármelo. Escucho unos pasos de unos pies descalzos acercarse. Noto un trozo de tela que me limpia los ojos.
-Rayos, Maeve, mira que eres torpe…débil e inconsciente. -Su voz, su escalofriante voz me pilla desprevenidamente cerca y familiar. Intento dar un salto hacia atrás, tropiezo y me cogen a tiempo de caer. Al terminar de limpiarme el rostro, abro los ojos y confirmo lo que ya sé. El arcano de Padre.
-Relájate. Esta noche no he venido a matarte, ni a ti ni a la reina ni a su hijo. He venido a negociar. ¿Te parece que hablemos como personas civilizadas que arreglan disputas hablado? -Su voz suena segura, algo jocosa y cínica. Sin embargo, bajo toda esa capa, se esconde un cierto temblor. Pequeño. Quizá sepa que he estado buscando la forma de matarlo y haya decidido negociar.
-Yo no negocio.
-Oh, vamos… ¿Puedes dejar de ser racista y escucharme? - Empieza a reír. Me suelta. No me hace daño. Sus alas han desaparecido. Parece tan humano. Ni sus ojos, grises, ni su cabello oscuro, ni garras solo unas manos suaves y cálidas. Dejo el saco en la mesilla. Me siento en la cama agotada. Él se sienta frente a mí a los pies de la cama.
-Cómodo. Al menos te tratan bien.
-No entiendo esta situación.
-No quiero matarte. Pero, me aburro y es evidente que tú también…
-Y has venido a tentarme…con tus sucias propuestas…tu un ser arcano del submundo de Padre, quieres corromper mi alma para que me pase a tu bando para que … -Se me atropellan las palabras. Enarca las cejas, mira hacia ambos lados y se cruza de brazos.
- ¿No es eso? - Ahora sí que me tiene intrigada. No tengo miedo. Solo curiosidad.
-Me da igual Padre. Me da igual Madre. Me dan igual. Soy un chico rebelde que busca diversión y contigo he tenido por unas noches. Pero me empiezo a aburrir. -Su voz, por un momento tiembla. ¿Inseguridad? ¿Miente? ¿En qué? No entiendo.
-Tú ayuda para con la Reina ha terminado. Solo debías protegerla hasta que naciese el pequeño. Ya está. Ahora imagino que volverás a tu templo a aburrirte. Pero yo sé que no quieres eso. Eres una rebelde…
-Yo amo a Madre
-Eso no significa que no seas una niña rebelde…
-No es cierto…no es cierto…-De repente me siento muy infantil. Muy niña. Rebelde. Si, quizá él tenga razón.
-No entiendo. Sigo sin entenderlo.
-Un arcano de Padre rebelde, que quiere estar con una sacerdotisa de madre rebelde. Sencillo.
-Las cosas nunca son tan sencillas.
-Tú siempre las haces complicadas.
- ¿Por qué dices eso? No puedes hablar así de mi…no me conoces…no…
-Se te ve. - Intenta acercarse a mí. Perdido en sus reflexiones. Realmente parece seguro en cuanto a que no está interesado en matarme.
-Porque me asustaste aquella noche sino querías matarme
-Pues. Yo. Me gusta oírte cantar. -Me acaricia la mejilla con suavidad. Su mirada se clava en la mía y me atraviesa. Es tan intenso que me callo. Miro hacia abajo avergonzada.
- ¿Qué? ¿Te incomodo?
-No. Me intimidas.
- ¿En serio? Eso no parece propio de ti. Una sacerdotisa de madre que protege a la reina con su vida, que se arriesga cada noche a ser atacada por monstruos…-Le interrumpo sumida en mis pensamientos.
-A veces, quiero morir… es todo. A veces estoy harta de seguir viviendo así.
Silencio. Silencio. Silencio. La tensión se siente en ambiente. La mano que acariciaba mi mejilla me envuelve y me empuja hacia su pecho.
-Seamos rebeldes juntos. ¿Trato? No quiero oírte cantar nunca más esa canción.

-Trato. -Entonces me desvanezco. 

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