martes, 5 de julio de 2016

La decisión de Maeve (2)

Ella, tan orgullosa y estúpida. Ella, tan soberbia y débil. ¿Por qué? Cada noche acudo a verla, a expiarla. Cada noche, tras cerrar y asegurar que nada ni nadie puede entrar a la habitación de la reina, se va al balcón de su habitación y se sienta a observar la noche. Se sumerge en sus pensamientos totalmente ajena a los peligros. Como si no le importase su seguridad. Por eso cada noche, allí estoy. En el árbol, entre las sombras, ella no puede sentirme, verme ni escucharme. Ella, tan ingenua y confiada. Ella, Maeve. ¿Por qué elegiste esta vida? ¿Acaso si quiera podrás recordarme si me vieras? Nunca fuimos amigos, nunca nos llevamos bien. No. Eso no es cierto del todo. Nos peleábamos todo el tiempo. Pero aún así, teníamos algo. Algo más que la indiferencia.  Maeve, maldita seas infinitamente, te echo de menos. Aún en tu forma y estado actual. Aún después de todo, te echo de menos. Pero no me atrevo a cruzar esa línea que nos separa. Me hierve la sangre tener que ver como cada día te resignas a la rutina, al hastío de estar encerrada en ese cuerpo humilde y mortal. Mierda Maeve, eres idiota, te odio...te odio...te...

Oh, ese es uno de los monstruos. Maeve...cuidado. Nada, sigue ahí, pensativa sin darse cuenta del peligro que corre. En una fracción de segundo, algo que un humano no percibiría jamás, me lanzó a por él ser salido del submundo y lo destruyo con mis afiladas garras de un zarpazo. Las retraigo y repliego mis alas. Mis ojos regresan a un estado humano. Mierda Maeve. No me importa cuidar de ti, pero desearía que dejarás este castigo. Eres una idiota Maeve. Te odiaré para siempre.

Ahí está, de nuevo, ese canto tan lastimero. Creyendo que no es oída la entona para la luna. Para mí. Como cada noche. Como una nana de nostalgia. Maeve, me revienta no ser yo quien causa tu sufrimiento. Maeve...

No puedo más. Despliego mis alas y la sobresalto. Ella palidece, se calla de golpe y ahoga un grito. Se repliega hacia atrás y saca un colgante con el símbolo de la Diosa. Ah, Maeve. ¿Tan débil te has vuelto? ¿Tan...humana?
-Me das asco.- Ella me mira asombrada mientras contempla embobada que el colgante no funciona.
-No...no puede ser...-Verla tan aterrada me provoca una simpática sonrisa. Quizá algo cínica.
-Por favor, alguien como yo es inmune a esos cacharros. No me insultes, inmunda mortal.- Se guarda el colgante. Veo que en la cintura tiene varios sacos pequeños en un cinto. Mete la mano en uno de ellos.
-Por favor... No quiero problemas. -Me suplica inútilmente. Oh, puedo divertirme a tu costa toda tu sucia y mortal vida. Yo, su quiero problemas.
-Yo, si quiero problemas. -Entonces sopla y el polvo me llega a los ojos. Quema. Mucho. Maldita Maeve. Con que esas tenemos. Sin reprimir un rugido de dolor, me lanzo a por ella con la cara quemada. Se me curará sin dejar marca pero pienso darle una paliza a ese cuerpo mortal asqueroso.

Se mueve rápida, me esquiva y desciende por la tubería hasta abajo. Es inteligente. Siempre lo ha sido. Corre rauda hacia el bosque. Cuando se me pasa el dolor, me doy cuenta de que mi enfado se torna en preocupación. La muy idiota se ha metido al bosque de noche. Vuelo hasta su encuentro. Su olor mortal es fácil de rastrear. Mato a todo ser que se interpone o trata de atacarla mientras ella ajena huye de mi. Idiota. Maeve, eres idiota. Pero admito que perseguirte mientras corres atemorizada por mi, es muy divertido.

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