miércoles, 20 de mayo de 2015

Sentido común

Me senté a mirar a la gente, no por gusto, sino porque quería alejarme de la adicción y obligación social de emplear el móvil y las redes sociales por un momento y ver, hablar y escuchar a la gente de forma más cercana y real.

El metro no detenía su marcha, pero yo sabía que en cada parada entrarían personas nuevas a las que poder observar. Una mujer mayor se sienta enfrente, sus dos amigas algo más jóvenes la acompañan y se sientan una a su lado, la otra al mío.

En principio, no soy de hablar sin ninguna razón a la gente que no conozco. Un costumbre estúpida que ha adoptado la sociedad moderna que parece sentirse más cómoda conociendo "gente" a través de una pantalla y un teclado.

Entonces, la mujer empezó a hablar del musical que venían y yo, adicta a la cultura, sonreí y no pude evitar preguntarle de que se trataba. Las mujeres asombradas porque una desconocida, joven se dignase a prestarles atención y dejase de lado las redes sociales, para conversar de forma desinteresada, me miraron y sonrieron. Me contaron poco de la obra, pero las siguientes paradas hablamos de cultura, música y conductas sociales.  Un respiro a la monotonía en la que nos vemos presas en un mundo de prisas, estrés, obligaciones y ocio engañoso.

Salí contenta. Mire al cielo, empezó a llover, no hacía frío, no tenía donde o cómo cubrirme pero no me importó. Tras salir de clase, aquellas gotas de lluvia me refrescaron la mente y las ideas.
Al final del día había recordado que seguimos siendo capaces de hacer cosas que por lo general no hacemos por considerarlas estúpidas e innecesarias. Sin embargo, a mi, me hizo terminar con un dulce punto y aparte al día. Eso es lo que cuenta. Los pequeños y fugaces momentos en los que de algún modo rompemos la barrera y nos abrimos al mundo.

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