martes, 28 de septiembre de 2010

La dama nocturna



Querida Ángela:


¿Me e gustaría tener noticias tuyas como de costumbre, que tal te va todo?
Quiero que sepas que estoy orgullosa de ti. Y lamento no estar ahí para ayudarte a superar estos momentos difíciles. Como ya sabes que por desgacria el banco se ha quedado con tu casa, desde que murieron tus padres no han ocurrido más que desgracias peor no te desanimes. Todo irá bien…lo se, Por cierto, el duque esta preguntando constantemente por ti y quiere saber cuando le recibirás y acepatras su ayuda. No lo hagas no me fio de el, y sabes que tengo buen olfato, aún así se que harás lo correcto. Sabes que siempre estaran mis puertas abiertas Ángela, aunque seas ya mayor de edad. Por tu madre y por tu abuela , se lo debo. Cuidare de ti.
Besos ,cuidate querida Ángela.

Ángela estaba sola en su habitación que compartía en el campus con una  amiga,  Isabel Cranmer. Estaba sentada en su cama leyendo la carta de su anciana tía abuela Ana. La mujer era la única familia que le quedaba después de que un  accidente de tráfico arrebatara la vida de sus padres el verano anterior. Ángela  se había quedado a estudiar en vez de ir a la famosa fiesta que se celebraba todas las primaveras después de navidades. Su amiga Isabel hacía oras que se había ido. Era una fiesta en el bosque, fuera del campus, del que estaba prohibido salir.
La fiesta se hacía en secreto. Ángela  se sabía la lección de memoria, ella no tenía problemas para retener la información, su mente era como un imán de la información, la absorbía como una esponja y no se le olvidaba, por eso era una de las mentes más prestigiosas del campus, pero también la más humilde. Se ató el pelo mientras guardaba la carta en la mesilla de noche. Se dirigió al cuarto de baño y se ducho, después mientras se peinaba su largo pelo marrón pensó en que contestarle a la tía Ana.
Finalmente se secó el pelo, se sentó en la mesa de estudio y se puso a escribir. Le habría mandado un email o contestado por correo electrónico pero su tía abuela odiaba las nuevas tecnologías. 




Hola Tía Ann:
Se que sufres por mi y por favor te pido que no te preocupes aquí estoy bien y no me arrepiento de mis decisiones, Gracias por tu ayuda. Por cierto, yo tampoco me fío de duque, nunca me gusto. A pesar de no conocerle personalmente creo que no es de fiar.
Estoy tratando de que te sientas orgullosa, En este momento estoy estudiando para un examen. Así que me despido pronto de ti. Prometo avisarte si hay alguna novedad. Te juro que estoy bien, hoy no saldré, a pesar de que se celebra la fiesta de primavera, Besos de mi parte y de Isabel. Te quiero mucho, tía Ann. Cuídate. Espero recibir tu respuesta pronto.                       
 Ángela


Cerró el sobre y después se dirigió al buzón, que estaba en la entrada del centro, para eso tuvo que atravesar el jardín y el paseo que separaba  el campus de la entrada. Estaba un poco lejos y de noche daba miedo. Ángela fue deprisa, le incomodaba la noche, le atormentaba, de pequeña había sufrido muchas pesadillas, y ahora que sus padres habían muerto volvía a tenerlas. Llegó al buzón, hecho la carta y se atrevió a mirar más allá de los gruesos y altos barrotes negros que componían la verja. Después vio la carretera inmersa en la oscuridad. No vio ningún movimiento, excepto el que observó en unos setos que se movían, Ángela se asustó y se sujeto muerta de miedo a los barrotes, luego comprobó que era un zorro que había echado a correr al verla a ella.
-No se quien se ha asustado más.-dijo ella más tranquila, se dio la vuelta y hecho a andar hacía la casa. En el camino, al lado del bosque escucho el sonido del búho. Era noche  de luna llena como en aquellas películas de terror que casi nunca acababa de ver porque le resultaban insoportablemente terroríficas.
Por eso se sobresalto al verla.
Era una chica de su edad, no más de 18 o 19, en la oscuridad pudo apreciar que era un poco más alta que ella, esbelta y pálida. Iba vestida con unos vaqueros oscuros y una camiseta de mangas largas, ajustada. Lo que le llamó la atención fue su largo pelo pelirrojo. Se dio cuenta de que nunca la había visto en el campus, pero tampoco le dio mucha importancia porque era su primer año y apenas conocía a los de su clase. La muchacha parecía defraudada, nada  asustada.
Parecía buscar  algo con gran ansiedad.
-¡MALDITA SEA! ¡SE ME HA ESCAPADO!-dijo con una voz lastimera. Luego pareció percatarse  de que no estaba sola. Al sorprenderla allí, la miro de arriba abajo como si la pasase por un escáner. Ángela estaba completamente congelada en su sitio. El rostro de la joven era incompresible, cincelado perfectamente como el de una escultura de mármol. No expresaba claramente lo que sentía. Se acercó a          Ángela y le hablo.
-¿Que haces aquí? ¿No sabes que es peligroso salir de noche?-se parecía a su tía abuela por la forma de hablar, elegante  y culta. El matiz de su voz resultaba antiguo.
-Yo...he ido a echar una carta al buzón.-dijo pensando que era uno de los mayores.
-¿Una carta? Vaya todavía hay gente que usa el sistema antiguo.-dijo ella con simpatía.
-¿Como te llamas?-Le pregunto Ángela curiosa.
-estas temblado...¿Tienes frío o es miedo?-rehuyó la joven la pregunta
-Las dos cosas.-le confirmo ella con una tímida sonrisa.
-Ven te acompañare a la casa.-La cogió por la cintura y con una extraña fuerza la arrastro consigo.
-¿Eres del campus?¿Por qué no estas en la fiesta?¿Cómo te llamas? No recuerdo haberte visto.-La chica avanzaba segura, pero parecía estar atenta a otras cosas.
-Tantas preguntas...tantas preguntas...¿No sabes que es de mala educación preguntar con tanta curiosidad? Mantente callada y respetuosa con tus mayores si no quieres acabar mal.-Le dijo amenazadoramente. Ángela se cayó, para cuando quiso darse cuenta ya estaban en la puerta. La joven la abrió de un tirón, y la empujo con brusquedad hacia dentro, luego miro a todos los lados.
-Buenas noches, y recuerda lo que te he dicho.-Luego cerro la puerta. Ángela se quedó helada en el sitio. Luego abrió la puerta para responderla.
Allí no había nadie, por un momento pensó que lo había soñado. Una neblina incomoda, se extendió por el campus y decidió cerrar la puerta e ir a su habitación.
Una vez allí se quedó contemplando desde la ventana que estaba al lado de su cama. Estaba tumbada, y tapada con una gruesa manta y todavía tenía frío. No sabía si era por la neblina o por el contacto de la joven, que le había parecido que estaba anormalmente helada. La luz que alumbraba la entrada por las noches se apagó de repente y pensó que era un apagón. Como no conseguía ver nada, se tumbó y intento dormir, el frío no abandono su cuerpo hasta unas oras después.

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